Plan Fiscal de Kaiser. Columna de Pablo S. Royo

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Evaluar un programa fiscal no es cuestión de simpatías, sino de aritmética, reglas y verificación pública. La propuesta de Johannes Kaiser se entiende mejor así: rebajar el impuesto a las utilidades mientras se reinvierten a cero por ciento y cobrar un quince por ciento solo cuando se distribuyen a los dueños. La lógica económica es conocida: gravar la salida de utilidades y no la generación incentiva la inversión y el empleo. El punto delicado no es teórico, sino intertemporal: si las empresas reparten menos dividendos, la recaudación cae en el corto plazo. La magnitud de esa caída depende de cuánto se reparta; con repartos bajos, la brecha de caja es mayor. Esto obliga a una condición mínima de coherencia: una regla de gasto escrita en ley, que impida que el gasto crezca por encima de la capacidad permanente de ingresos, y un cronograma explícito de recortes estructurales que no sean “eficiencias” difusas, sino cierres o fusiones con nombre, monto y fecha.

Ahí está el corazón técnico del plan: si el lado del ingreso se vuelve más volátil durante la transición, el lado del gasto debe volverse predecible. La regla de gasto —con fórmula, tope y sanción— reduce la discrecionalidad y baja la prima de riesgo. Un techo de deuda sobre el producto, con corrección automática cuando la senda se desvía, completa el ancla. La tercera pata es el balance estructural: converger a cero en un plazo acotado, mejorando al menos medio punto porcentual por año. Sin esa tríada, cualquier reforma proinversión queda a merced del ciclo político; con esa tríada, el programa gana credibilidad y reduce el costo de financiamiento para el sector privado.

El capítulo del gasto exige pasar de la consigna al catálogo. Decir “eliminar funciones impropias, duplicidades y transferencias discrecionales” es correcto, pero insuficiente si no viene acompañado de una lista verificable. La experiencia comparada muestra que los ajustes duraderos concentran el esfuerzo en gasto corriente prescindible: transferencias opacas a terceros, programas redundantes entre ministerios, aparatos administrativos sobredimensionados y subsidios mal focalizados. El estándar mínimo es público y auditable: cada ítem con nombre, monto anual, fecha de término o fusión, responsable y un indicador de resultado que permita controlar, trimestre a trimestre, si el ahorro ocurrió y si la reasignación a áreas prioritarias (salud primaria, seguridad, justicia) se materializó en dinero y en servicios.

El componente regulatorio no es accesorio. Reducir la tasa efectiva sobre la distribución de utilidades sirve si, y solo si, hay más proyectos que crucen la línea de rentabilidad. Para eso, la permisología importa tanto como el impuesto. Ventanilla única digital, plazos fatales y silencio positivo por ley, junto con una guillotina regulatoria que elimine trámites redundantes, pueden recortar el costo de capital y ensanchar la base imponible futura sin tocar las tasas. En el mercado laboral, un esquema de indemnización a todo evento apoyado en un seguro de cesantía robusto y contratos digitales tiende a elevar la formalidad; más formalidad significa más cotizantes y mejor base para el impuesto a la renta y el impuesto al valor agregado.

Resta el punto sensible de las pensiones. Financiar una pensión sin subir impuestos ni deuda exige dos piezas técnicas: un fondo patrimonial cuyos rendimientos, y solo sus rendimientos, financien la prestación, y recortes permanentes que aseguren flujo estable. Ese fondo necesita candados legales claros: prohibición de usar el capital para gasto, mandato de inversión con referencia objetiva y auditoría externa; además, una regla de retiro basada en promedios móviles para aislar la volatilidad. Cualquier rediseño del pilar solidario debe garantizar continuidad de pago durante la transición: no puede haber meses en blanco.

El veredicto, estrictamente técnico, es sencillo. El esquema tributario proinversión es defendible desde la evidencia, pero abre una brecha transitoria de caja que solo se supera con disciplina del gasto y una poda estructural transparente. La diferencia entre un plan y una consigna no está en el eslogan, sino en publicar la lista, cumplir la regla y mostrar los datos. Ocho indicadores trimestrales bastan: ahorro acumulado, déficit y deuda sobre el producto, peso de transferencias discrecionales, gasto administrativo por ministerio, tiempos de permiso, empleo formal, inversión sobre producto y reasignación efectiva a prioridades. Si esos números se mueven en la dirección correcta, el plan cierra; si no, no. Esa es la vara.